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La Magia de Poder Cambiar.

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Anclajes Mentales para el Buen Humor Productivo

Hábitos y Anclajes

El problema del coaching como de la auto ayuda, es que, comienzan siempre diciéndote: "Oye idiota, eres un imbécil, pero ya voy a ayudarte a que lo entiendas por ti solo" Sir William Otti

domingo, 7 de enero de 2018

ESPONTANEO

CORTITO Y ESPONTANEO


Para que usamos este recurso?
El caracter, entusiasta y magnánimo como característica de
ESPONTANEIDAD
Y la percepción que refleja.
DISTINTAS PUBLICACIONES SOBRE POPULISMO Y EL CONCEPTO DE MAGNANIMO SEGÚN SEGUIDORES Y DETRACTORES.
El populismo, o mejor dicho, la cercanía de los dirigentes con el pueblo, al menos formalmente, no es nada nuevo en China, un país, un pueblo, con un alto sentido de la nación, para el que un líder fuerte no está mal visto. Pero el poder debe ser magnánimo y escuchar.
El populismo, o mejor dicho, la cercanía de los dirigentes con el pueblo, al menos formalmente, no es nada nuevo en China, un país, un pueblo, con un alto sentido de la nación, para el que un líder fuerte no está mal visto. Pero el poder debe ser magnánimo y escuchar.

Esa es la regla básica de los dirigentes comunistas chinos, desde Mao a Hu Jintao, un líder chino, como China en tanto que la civilización central en el Planeta, no muestra debilidad. En la tradición confuciana, muestra magnanimidad.

Simplemente, el poder se ejerce con la sabiduría del más fuerte, protegiendo a los débiles, administrando justicia, adecuando las leyes a las necesidades con un cierto sentido del bien común, propio de las filosofías orientales.

En los meses previos a los Juegos de Pekín, Occidente ha visto reiteradamente en público a un primer ministro chino, provisto de un megáfono, cercano al pueblo, ya fuera ante el colapso de las comunicaciones por las fuertes nevadas o entre los angustiados familiares de las víctimas del terremoto de Sichuan.

El megáfono de Wen Jiabao 

The Economist ha comparado la imagen de Wen con la del histórico Zhou Enlai, primer ministro querido del pueblo, imagen más amable que el presidente Mao, idolatrado y temido a la vez.

No es el caso del actual presidente, Hu Jintao, con un perfil populista similar al de Wen, aunque se prodigue menos.

De hecho, es como si el binomio que detenta el máximo poder en China se repartiera los papeles ante la opinión pública nacional e internacional.

Si Wen Jiabao es más cercano a los nuevos ciudadanos chinos, Hu Jintao proyecta su altura como estadista en la escena internacional, en la que China empieza a contar como consecuencia de su creciente poder económico.

En Estados Unidos ya no resulta gracioso el juego de palabras con el apellido del presidente chino: ?who is Hu? en referencia a su escaso perfil como dirigente mundial. Hoy representa al país que trae de cabeza al resto de economías del Planeta.

Tanto Wen como Hu se encuentran en su segundo mandato, el último por imperativo constitucional.

De ahí que en lo que queda hasta el Congreso de 2012, a imagen de lo acontecido con su predecesor, Jiang Zemin, asistiremos a la construcción de una imagen para la historia de Hu Jintao con la que pasar a engrosar la larga lista de las dinastías del poder en China.

La lucha contra la corrupción es el principal leit motiv de Hu Jintao, consciente de que las injusticias que conlleva pueden galvanizar el descontento popular y, en consecuencia, amenazar la legitimidad del poder comunista.

Carentes de la legitimidad histórica fraguada en la Larga Marcha, como era el caso del ?Pequeño Timonel?, Deng Xiaoping, quiénes le han sucedido en la dirección de la nueva China que él sacó del atraso secular buscan conseguir una parcela de influencia que les deje a salvo de futuros vaivenes políticos.

El resultado del último Congreso indica que uno de los candidatos a sucederles es Xi Jinping.

Xi Jinping, el héroe anticorrupción 

Es la figura emergente del último congreso del Partido Comunista, celebrado en otoño de 2007.

La entrada de Xi Jinping en el Comité Permanente del Buró Político confirma su entrada en el reducido círculo del poder en China.

Es el premio a la eficiente carrera en el Partido Comunista del hijo de uno de sus fundadores, del férreo defensor de la honestidad en el seno del partido y de la administración del estado y declarado defensor de la economía de mercado.

Xi Jinping parece reunir todas las facetas que requiere el futuro líder que debe conducir China hacia su consolidación como gran potencia.

En ese camino, en el que también parece tener un papel reservado uno de los aliados de Hu en el Buró Político Li Keqiang, esperan desafíos de gran magnitud, como la construcción de un estado de derecho y la siempre pendiente apertura política.

Por no hablar de dos substanciales retos en la periferia.

Taiwán, isla menos rebelde

A los dirigentes de Pekín les ha venido como agua de mayo el regreso al poder del Kuomintang (Partido Nacionalista) en Taiwán. Un desafío político menos ante la celebración de los Juegos y tras la revuelta tibetana.

El Partido Nacionalista, que perdió la guerra frente al comunista y se instaló en la isla bajo la protección de Estados Unidos durante los años de la Guerra Fría, es paradójicamente ahora el aliado de Pekín frente a las veleidades independentistas del Partido Demócrata de Progreso.

El espíritu de conciliación que mueve al nuevo Kuomintang en el poder en Taipei busca el beneficio común con un poder comunista que no puede permitirse el lujo de incomodar a la comunidad internacional con una presión excesiva sobre lo que denomina ?provincia rebelde?.

La comunión de intereses no significa una reunificación a corto plazo; son todavía insalvables las diferencias entre la compleja sociedad china, 1.300 millones de habitantes todavía con un profundo abismo entre ricos y pobres, y la democrática Taiwán, un país de 22 millones de personas con un nivel medio de renta elevado.

Pero las fórmulas para encauzar una relación de colaboración entre Pekín y Taipei son múltiples, por lo que si ambos campos se mueven en la moderación, el estrecho de Taiwán no volverá a ser escenario de graves tensiones a corto plazo.

Al fin y al cabo, la soberanía china sobre la isla no está en discusión, solamente su absorción sin garantías de libertad para sus habitantes, extremo que Estados Unidos todavía puede evitar.

La imparable colonización del Tíbet 

Diametralmente opuesto es el caso de Tíbet, el territorio a cuyo control China no está dispuesta a renunciar a pesar de la repercusión internacional conseguida por la reciente revuelta.

Para los monjes, subyugados tras las reiteradas revueltas contra la ocupación-liberación de 1950, era ahora, ante los Juegos, o nunca.

Las reivindicaciones nacionales tibetanas han permanecido en la más pura letargia de la política internacional a pesar del dinámico activismo de los simpatizantes del budismo tántrico en Hollywood y la incansable labor del Dalai Lama.

La revuelta de marzo y los reiterados actos de protesta al paso de la llama olímpica en distintos países conseguían forzar la reanudación de los contactos entre Pekín y los representantes del gobierno tibetano en el exilio.

Y ello a pesar de que la propaganda oficial del régimen comunista chino continúa responsabilizando a lo que denomina ?banda del Dalai Lama? de los intentos de desestabilización del Tíbet y China.

¿Conocedor de la posición de fuerza de Pekín y de que sus apoyos en la esfera internacional son tan llamativos como poco efectivos, el Dalai Lama tiene un margen de negociación escaso ante las ofertas de Pekín, que en un grado máximo de generosidad?  le permitiría regresar a un Tíbet autónomo cuyo autogobierno deriva exclusivamente de la buena voluntad del poder central.

El Dalai Lama también calcula si es procedente el grado de legitimación que su regreso a Lhasa daría a la colonización china del Tíbet ?millones de chinos han se han instalado en territorio tibetano--.
Redacción Casa Asia
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“El enemigo no es magnánimo y es idiota” dice Miguel Rodríguez Casellas sobre el sector financiero, bancario y político

Nota de la Pupila: Esta es la segunda parte de una extensa y rica entrevista que tuvimos con el puertorriqueño Miguel Rodríguez Casellas. No hemos querido perder la extraordinaria aportación de Miguel en esta entrevista, por eso hemos decidido tener una tercera entrega. La tercera y última parte se publicará mañana 16 de mayo en la Pupila.
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¿Qué es el populismo? Su naturaleza y actualidad

Por Carlos I. Massini Correas - Doctor en Derecho. Doctor en Filosofía.
Hace un mes la Argentina superó un período político de más de doce años durante los cuales gobernó un modelo que casi unánimemente se ha calificado como “populista”, o bien, diciéndolo abstractamente, como “populismo”. Esta proximidad de ese fenómeno hace conveniente hilvanar algunas ideas acerca del concepto mismo, la génesis y la praxis de esa realidad política que se denomina “populismo”, y que ha dividido las opiniones, los valores y hasta los afectos de los argentinos de nuestra generación.
A esos efectos, conviene recurrir a un libro reciente: “El populismo”, del politólogo, historiador y ensayista político italiano Loris Zanatta, profesor de Historia de América Latina en la Universidad de Bolonia y autor de varios libros recientes de historia política argentina.
En este libro, Zanatta recoge una serie de ensayos publicados separadamente sobre el tema del populismo, reordenados y reformulados para que aparezcan como un libro unitario; y aunque el estilo es a veces un poco reiterativo, es indudable que existe una sólida coherencia de ideas en todos los capítulos, y que todos ellos son el resultado de una investigación bibliográfica consistente y de una observación aguda de la realidad política actual.
Lo primero que encara el libro es la elaboración del concepto de populismo, que resume en varias características principales: la primera de ellas es que se trata indudablemente de una ideología; es decir, de un conjunto de ideas prácticas, que proponen una solución total y definitiva de los problemas centrales de la vida política y social, de carácter maniqueo, simplista y presuntamente redentor.
Evidentemente, en el caso del populismo se trata de una ideología soft o “no formalizada”, sin una estructura filosófica definida, como es el caso del marxismo, pero reúne -aunque de modo difuso- las notas propias de las ideologías. Y dentro de este concepto, se trata de una ideología de carácter colectivista o comunitarista, centrada en una idea de “pueblo” considerado como una realidad de índole única y homogénea, en la que radica exclusivamente toda la virtud o el bien social.

 El populismo, por lo tanto, desemboca en una idea de comunidad orgánica, u “organizada”, que fortalece las relaciones de pertenencia y los requerimientos de identidad colectiva de los sujetos individuales; en rigor, estos sujetos no existen en cuanto tales sino que desaparecen integrados en el pueblo, que es el verdadero sujeto político. 
Por otra parte, como este pueblo es el único depositario de la virtud y del bien, los que se oponen al movimiento populista habrán de pertenecer al partido del mal y de la infamia, en una suerte de oposición maniquea que divide al mundo en amigos totales y enemigos absolutos.
Zanatta recalca del populismo “su tendencia a expresarse a través de un liderazgo carismático y la de exacerbar una visión maniquea del mundo y de las relaciones sociales, que suele representar como un campo de batalla entre el bien y el mal, entre los amigos y los enemigos, sin compromiso alguno posible”. Y esta visión maniquea se concreta en alguna forma de caudillismo o caciquismo, según la cual ese pueblo homogéneo en lucha contra el mal absoluto necesita de un líder carismático que lo conduzca a la victoria.
Este caudillismo, en el cual el líder magnánimo conduce a su pueblo a la redención de su cautividad en manos de enemigos externos (el imperialismo yanqui, la plutocracia internacional, un país vecino, etc.) o internos (los oligarcas, los “vendepatria”, algún grupo étnico o cultural, etc.) se concreta, en mayor o menos medida, en un régimen autoritario.
Este régimen es encabezado por un líder que representa directamente al pueblo y mantiene con él una relación sin mediaciones institucionales o partidarias, generalmente de corte clientelista y de lealtad personal. Por eso el populismo tiende a concretarse en “movimientos” más que en “partidos”, que tienen siempre una connotación parcialista y no pueden por ello representar a la totalidad del pueblo.

 Esto último conduce a la actitud inevitablemente anti-institucional, es decir, anti-constitucional y enemiga del estado de derecho y de todos sus elementos integrales: división de poderes, independencia judicial, transparencia de la administración, etc. En otras palabras, se opone a todos los mecanismos ideados por la modernidad para limitar el poder de los gobiernos y garantizar las libertades y los derechos de los ciudadanos.
Es por ello que Zanatta califica al caudillismo de una forma de primitivismo político, de factura cuasi-tribal, pre-moderna y contraria a todas las mediaciones institucionales que tienden a racionalizar y limitar las relaciones del poder político con los miembros de la comunidad. Y es por eso que el populismo es tajantemente opuesto al pluralismo político y a sus corolarios: la libertad de prensa, la multiplicidad de partidos, la diversidad cultural de los habitantes y así sucesivamente. 
De lo anterior se sigue claramente el radical rechazo del populismo en todas sus formas a los principios republicanos y del estado de derecho. Pero hay un elemento de la modernidad política que el populismo adopta y pretende monopolizar: la idea de la soberanía del pueblo.
Efectivamente, para el populismo el pueblo es el soberano y el sujeto excluyente de la vida política, pero en esta versión se trata de un pueblo que está representado y encarnado sólo en el líder populista, sin mediaciones representativas jurídicas o partidarias, y con un carácter de infalibilidad inexorable e irrefutable, que se concretó en el famoso lema de los fascistas: “Mussolini siempre tiene razón”.
Respecto del modo como los populismos acceden al poder en una comunidad determinada, Zanatta sostiene que casi siempre asumen la conducción de una comunidad luego de que ésta haya sufrido lo que llama una “crisis de disgregación”, es decir, una serie de transformaciones de carácter cultural, político y económico, que desembocan en fenómenos como la desocupación, el empobrecimiento brusco, la inestabilidad política y la descomposición de las relaciones sociales y de propiedad.

 Producida una crisis de este tipo (que nunca es meramente económica), el movimiento populista suele echar la culpa de todo a la clase política (“que se vayan todos”), a los sectores dominantes de la sociedad (las “corporaciones”), o a factores externos (los “fondos buitre”). Y propone una regeneración de la sociedad de la mano de un líder carismático y presuntamente omnisciente, que unirá nuevamente al pueblo, devolverá la seguridad a las relaciones sociales e incluirá a todos en una comunidad única y homogénea.
El problema de todo esto es que, como sostiene el autor analizado, “el primitivismo político de los populismos -reflejo de sus características autoritarias- está destinado con el tiempo a desembocar en contradicciones insostenibles; (...) su idea de pueblo como comunidad homogénea, en cuyo seno el individuo se funde en el conjunto que lo trasciende, es por un lado una fuente inagotable de popularidad, dada la necesidad de la comunidad de una respuesta cuando la modernización en sus mil formas la pone en peligro; pero por otro lado (el populismo) está siempre en contraste evidente con la fisiológica pluralidad de la sociedades modernas”. 
Por esto el populismo no sólo combate la pluralidad (el “pluralismo”) de las sociedades actuales sino que resulta radicalmente inadecuado para “gobernar en estado moderno, que exige instituciones fuertes, estables y neutrales, clases dirigentes autónomas y competentes, además de eficacia y racionalidad, sin las cuales la sociedad de masas se debilita y sucumbe”.
Además, en el ámbito económico, la negación del mercado, la búsqueda de una autarquía completa, el rechazo de la globalización, el distribuicionismo exacerbado que anula la inversión y la pretensión de que una economía autoritaria pueda resultar productiva, conducen necesariamente al estancamiento, primero, y a la crisis económica, después, con el subsiguiente traslado de la disgregación al ámbito político y cultural. 
Y así terminan los populismos, luego de atrasar en décadas a la comunidad, cercenar las libertades y los derechos civiles, arruinar la cultura (que por definición es universal) y desmantelar las instituciones de la modernidad republicana y constitucional. Y estos experimentos tienen lugar siempre que la cultura política de una comunidad se ha debilitado y que las estructuras sociales no son capaces de absorber los desafíos de la modernización tecnológica.
Entonces las sociedades recurren a la política del avestruz, encarnada en el populismo, niegan la realidad (la sustituyen por un “relato”) y buscan la seguridad engañosa de un pueblo mítico: unitario, homogéneo y virtuoso, que va a salvar a los hombres de la responsabilidad de pensar, trabajar, esforzarse y relacionarse de un modo racional y libre. El libro de Loris Zanatta constituye un interesante análisis de toda esta problemática generada por los fenómenos populistas.
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1)    Realice una síntesis del pensamiento sobre la relación entre magnánimo y populismo.
2)    2) Busque una imagen que se adapte a su síntesis (o varias pegadas en collage) y visualice como percepción suya el anclaje en la memoria.
La pereza esta prohibida en el entrenamiento
de las neuronas especulares.
No es que te esté viendo, es que puedo adivinar lo que te pasa
porque a Mi me ha pasado.